CAPÍTULO 2
El
sonido del móvil retumbaba en mi cabeza como un demoledor martillo. Notaba los músculos paralizados por el miedo
y me sentía incapaz de apartar la vista del televisor donde había quedado
congelada la imagen con el cadáver de Carmen.
Fue entonces cuando sentí una mano que acariciaba mi espalda y empecé a
temblar:
-Cariño,
está sonando tu móvil, despierta-
-¿Andrea?-
pregunté perplejo
-Que
está sonando tu teléfono cielo, ¡levántate anda!- inquirió mi mujer.
-¡Andrea,
estás viva!- exclamé.
-¡Vaya!
¿Y como había de estar?- preguntó perpleja.
-¡Dios,
era tan solo un sueño!- dije aliviado.
-¡Vamos
César, levántate y coge el teléfono de una vez.
Son las cuatro de la madrugada! ¿Quién narices puede llamar a estas
horas?-
-¡Voy
cariño, voy!
Me
incorporé de la cama de un salto y corrí hacia el salón. Encendí la luz de la estancia y me quedé
frenado en la puerta. El móvil clamaba
chillón encima de la mesita desplazándose por el cristal entregado al baile de
la vibración. Sombras de oscuros
presagios se apoderaron de mí cuando observé en la pantalla el número desde el
que llamaban. Se trataba de Marta, la hermana gemela de Carmen.
-¿Dígame?-
pregunte hecho un manojo de nervios.
-¿Cesar?...-
-Sí,
dime Marta-
-¡César,
que Carmen se ha ido, que se ha ido mi hermana!- dijo entre sollozos la chica
sin apenas poder articular palabra
-¿Cómo?
¡No te entiendo! ¿Qué le pasa a Carmen?-
-¡César,
que se ha muerto Carmen, que se ha matado con el coche!-
-¡Marta
amiga, que me cuentas!-
-Me
acaba de avisar la Guardia Civil desde Motilla del Palancar! ¡Es terrible
César!, me voy ahora mismo hacía allí-
-Tranquilízate
cielo, no te precipites. ¡Ni se te ocurra coger el coche!-
-¿Qué
hago sí no? ¡Tengo que estar con ella, solo me tiene a mí! ¡ay, mi hermana por
Dios! ¡no es justo César!-
-Espéranos
en tu casa, vamos hacia allí ahora mismo, pero por favor, no te muevas de ahí.
En un cuarto de hora como mucho llegamos, Marta. Trata de sosegarte-
-¡No!,
¡me marcho ya, necesito verla!-
-Sí
Marta, y yo me iré contigo ¿vale?, pero es una locura meterte ahora en
carretera con el estado de nervios que tienes-
-¡Por
favor, venid deprisa, me estoy volviendo loca!-
-¡Diez
minutos cielo, en diez minutos estamos allí!-
-¡Gracias,
muchas gracias!. ¡Nunca sabré como agradecértelo!-
-Eso
es lo de menos Marta, para eso están los amigos, para lo bueno y para lo
malo. Trata de calmarte que estamos ahí
ya mismo. Hasta ahora.
El
silencio que se instaló en la sala tras la conclusión de la llamada, se me
antojó como un bálsamo. La voz quebrada
de Marta al otro lado del hilo arrinconó mi temple. No sé cómo pude aguantar con entereza aquella
conversación; supongo que el subconsciente funciona con sentido común y nos
hace fuertes en situaciones críticas, claro que tarde o temprano llega el
momento en el que se pagan todas juntas, y ¡vaya si se pagan!
-¿Quién
era César? ¿Qué ha pasado?- Escuché a Andrea detrás de mí.
-No
te lo vas a creer cielo. Carmen se ha muerto en un accidente de tráfico-
-¿Qué?-
-Era
Marta, su hermana. Acaban de comunicárselo, ¡es una pasada cielo!-
-¡Joder,
no es posible, si la he visto esta misma tarde!-
-Se
ha matado cielo, se ha matado-
-¿Dónde
ha sido?, ¿Dónde está Marta?-
-Escucha
Andrea. Quería irse sola ahora mismo hacia allí y le he dicho que ni se le
ocurra, que nos espere en casa que nos vamos con ella-
-¿Pero
donde ha sido? ¡Joder, joder, es increíble!-
-En
Motilla del Palancar, más o menos a unos doscientos cincuenta kilómetros de
Madrid. ¡Venga, vístete y coge lo que sea necesario que nos vamos ya!-
-Ponte
lo que sea y ve sacando el coche del garaje, ahora mismo bajo yo- dijo mi
mujer.
Opté
por tomar la M-30 tratando de ganar el mayor tiempo posible. Apenas había tráfico a esas horas de la
madrugada. El destello del flash de un
radar iluminó el habitáculo del coche a la altura de Moratalaz. Pasaba todos los días por allí para ir al
trabajo y si bien siempre tenía cuidado de levantar el pie cuando llegaba a ese
punto, en aquellos momentos ni caía en la cuenta ni me importaba el no hacerlo;
aquello resultaba una nimiedad en comparación con el trago por el que estábamos
pasando. -¡Que le den por saco al ayuntamiento!- pensé para mí y pisé el
acelerador a fondo en un gesto de insumisión emocional alentado por niveles
descomunales de adrenalina.
-¡Cesar
tío! ¡Levanta el pie! ¿Estás loco?- clamaba mi mujer sujeta al asidero situado
encima de la puerta.
Mas
yo tan solo era capaz de escuchar ese conglomerado de voces que se habían
instalado en mi cabeza, repitiéndose insistentes en un bucle que me
maniataba. -… tengo el camino libre y toda la eternidad para conseguirte… me
había dicho Carmen en sueños. ¿en sueños?; ¡en esos momentos para nada lo tenía
claro!
-¡Cesar
joder!, ¿quieres que nos matemos nosotros? ¿Qué narices te pasa? ¿No tienes dos
dedos de frente?- me gritaba Andrea.
-Perdona
cielo- reaccioné –estoy muy alterado, todo esto me puede-
-¡Pues
cálmate de una vez o para el coche y déjame que lo lleve yo!- ordenó.
El
sonido del motor del vehículo contestó por mí, disipando decibelios a la par
que minoraban las revoluciones de la máquina. Apenas dos minutos después,
dejaba la autopista y enfilaba la calle de Marta con algunas dosis más de
control sobre mí mismo. Nuestra amiga
nos estaba esperando, impaciente en su portal, con una pequeña bolsa deportiva
en la mano.
El
rostro de Marta era un alegato a la desesperación; la viva estampa del pleno
dolor navegando en un piélago de lágrimas de incomprensión e incredulidad.
Decía el poeta francés Alphonse de Lamartine que a menudo el sepulcro encierra,
sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.
Ciertamente aquella alma, bien parecía entregada al vacío de la muerte en
renuncia a su propia vida.
Apenas
se detuvo el coche, Marta se subió en el asiento de atrás. Andrea en acertado juicio, decidió que lo
mejor era sentarse junto a ella y acompañarla durante el viaje. Así que allí me quedé yo, en la soledad del
habitáculo delantero, tan solo con la compañía de una cajetilla de tabaco y un
mechero, dudando de contar con suficiente arsenal de cigarrillos para afrontar
un trayecto que se antojaba duro.
Poco más de dos horas fue lo que
tardamos en llegar a nuestro destino, aunque les aseguro que en lo que a mí me
tocaba, ese tiempo me pareció una eternidad. Estuve tentado en varias ocasiones de poner a
toda mecha el disco de Metallica; cualquier cosa con tal de sacarme de la
cabeza los retorcidos pensamientos que me atoraban y de paso dejar de escuchar
los lamentos que provenían del asiento de atrás, pero la ocasión no pintaba
para frivolidades musicales en momentos tan dolorosos que además hubiesen
supuesto sin duda, una flagrante e improcedente falta de respeto ante el
sufrimiento de nuestra amiga Marta.
Suspiré agradecido cuando divisé el
cartel que indicaba la salida de la autovía que nos llevaría a nuestro destino.
Me dirigí directamente, guiado por el GPS, al cuartel de la Guardia Civil de
Motilla del Palancar.
El agente que se encontraba de retén
nos invitó a pasar a una pequeña salita y acomodarnos.
-¿Dónde está mi hermana?- preguntó
Marta.
-Ahora mismo vendrá el teniente y les
pondrá al tanto de la situación. Es él
quien conoce al detalle lo ocurrido y quien ha ordenado que se le avise en
cuanto ustedes llegaran. Si me permiten
voy a llamarle ahora mismo- nos explicó el guardia a la par que tomaba el
teléfono.
-Mi teniente, ya han llegado- dijo
escuetamente y colgó.
-¿Les apetece un café?, vendrán
agotados del viaje y acabo de prepararlo.
Es de puchero, no sé si les gustará, pero su apaño hace- ofreció el agente.
-Pues se lo agradezco mucho- dije
–aunque se trate de un trayecto relativamente breve, siempre es agotador
conducir de noche. ¿Queréis un café chicas?-
Andrea asintió con la cabeza y una
apenas perceptible sonrisa en sus labios que denotaba agradecimiento. Marta permanecía sin alzar el rostro con la
mirada perdida en el suelo, evadida en sus emociones.
-¡Déjalo!- me susurró mi mujer al
oído- quizás el café no sea bueno para su estado de nervios-
-Señorita, ¿quiere que le prepare una
infusión… una tila?- intervino al quite el agradable funcionario.
-Gracias, pero de verdad que no me
entra nada en el cuerpo, es usted muy amable- contestó Marta sin levantar la
cabeza.
Se sintieron pasos por el pasillo y
una tos que asocié a la de un fumador de solera. Al instante otro hombre uniformado asomaba
por la puerta de la sala.
-¡Buenas noches!, soy el teniente
Fernando Lerma- se presentó ofreciéndonos la mano –¡siento mucho lo que ha
ocurrido, de verdad!. ¡Nada hemos podido hacer!-
-¿Dónde está mi hermana?, ¡necesito
hablar con ella!- dijo Marta levantándose como un gato asustado de la silla en
la que se encontraba sentada.
-Señorita- dijo con tacto el oficial-
se que no es fácil asumirlo y no sabe usted el dolor que me causa el haber sido
yo quien le diera la noticia, pero su hermana desgraciadamente ha fallecido en
el accidente, de veras que lo siento mucho-
-¡Mentiroso, eres un mentiroso!,
¿Dónde está Carmen, que habéis hecho con ella?- gritó Marta en un arrebato de
puntual locura.
-¡Marta cariño, tranquilízate!- dijo
Andrea –este señor solo quiere ayudarte, él no tiene la culpa de nada- alegó
aferrándose a ella para evitar que se lanzara contra aquel hombre de ley-
-¡Embusteros, mentirosos...!, ¡Dios
mío, es injusto!- Una bacanal de rabia se apoderaba poderosa de ella -¿Dios?,
¿Dios?... ¡No puede existir ese ser que permite que estas cosas ocurran!... ¿Y
me dicen que crea?... ¿Cómo voy a creer en alguien tan retorcido? ¿Cómo?
¿Cómo?...- Repetía una y otra vez llorando desconsolada.
-Marta, vente conmigo a la calle, que
nos de un poco el aire. Deja que le
expliquen a César lo que ha ocurrido, por favor. Trata de tranquilizarte
cariño- rogó Andrea.
-¡Lo siento, de verdad que lo siento!,
¡perdóneme, por favor!, estoy desquiciada-
-Lo entiendo perfectamente, no se
apure. Tiene razón su amiga. Salgan al
patio un ratito. La noche es agradable y seguro que el airecillo le sentará
bien. No tenga ninguna duda de que le
informaré de todo, pero tiene que tratar de sosegarse, por su propia salud-
-¡Vamos Marta!, hazle caso a
Andrea. Os fumáis un cigarrillo y
regresáis. Deja que me expliquen lo que
ha pasado y hacemos lo que haya que hacer ¿vale?- dije yo.
Me miró a los ojos en un gesto a
caballo entre la angustia y el sincero agradecimiento. Se dejó llevar por Andrea y ambas salieron de
la estancia.
-Lo siento mucho teniente. Ha sido un palo terrible para todos, pero
sobre todo para ella. Era la única
familia que le quedaba. Hace años que
perdieron también a sus padres, también de manera dramática, y una era para la
otra crucial apoyo-
-Desgraciadamente estoy acostumbrado a
esto- dijo con pesar el oficial – Ahora mismo la chica está pasando por una
fase en la que se aferra a la obsesiva idea de que su ser querido aun permanece
vivo, negando la realidad y no queriendo asumir que su hermana ha muerto. Es probable que con el paso de los días,
manifieste una hiperactividad fuera de lo normal, tratando de estar ocupada
para enmascarar el duelo que le aflige o incluso pueda llegar a tener
pensamientos obsesivos con la muerte que se canalicen en un deseo por dejar
esta vida-
-¡Joder Teniente, no resulta para nada
tranquilizador lo que me cuenta!-
-Pues eso no es nada; de hecho hay
quien en su descompensación emocional, llega a pasar por experiencias
alucinatorias con el fallecido, como sentir su voz o incluso ver a menudo su espectro-
Me vinieron a la cabeza las imágenes
que tétricas colmaban la televisión de mi sueño.
-¿A qué hora fue el accidente?-
pregunté.
-Pues por lo afirmado por los
testigos, sobre las doce y cinco de la noche.
El coche dio tres vueltas de campana y saltó la mediana…-
-Y se empotró contra un camión que
circulaba dirección Madrid. Ella murió
en el acto y el conductor del otro vehículo salió ileso - concluí yo en un guión que conocía al
dedillo.
-Así es; supongo que vio usted la
noticia en la tele-
-¡Digamos que sí!- confirmé a caballo
entre la ironía y el convencimiento.
-Bueno, pues el caso es que el juez de
guardia, no tardó mucho en aparecer por allí, ordenó el levantamiento del
cadáver y el mismo ahora se encuentra en el Anatómico-Forense de Cuenca para que le sea practicada la autopsia-
-¿Autopsia?, ¿no está clara la causa
de la muerte en un accidente tan atroz?-
-El sentido común dice que sí, pero
por ley es necesario hacerla. Me parece
bien que se investigue para descartar otras causas. Es justo que sepamos con certeza lo que ha
ocurrido. Piense además que han existido
daños a terceros y a veces las autopsias revelan datos que para las buitres
aseguradoras resultan determinantes a la hora de aflojar o no la gallina. El dinero no entiende de emociones…-
-¡Ya!, ¿y cuál cree usted que puede
haber sido la causa del accidente?- insistí.
-Pues de lógica una pérdida de control
del vehículo por parte del conductor con fatales consecuencias-
-¿Una distracción?, ¿el mal estado de
la carretera?...-
-Con los datos que tenemos no sabría
aportarle información clara. Entienda
que el accidente ha sido de noche y que si bien existe un protocolo de
actuación que bien aplicado nos acerca a determinar las causas, todavía nos
queda trabajo por hacer para poder llegar a alguna conclusión. En un par de horas, con la luz del día,
regresaremos al lugar para recabar más muestras y realizar las pertinentes
mediciones que completen el atestado.
Hasta dentro de dos días al menos, no podremos ultimar nada-
-¿Y qué debemos hacer en tanto nos
aclaran algo?-
-Pues el primer paso es acercarse al
Anatómico-Forense y una vez practicada la autopsia, la hermana tendrá que
hacerse cargo del cuerpo. Les aconsejo
que si tienen contratado algún tipo de seguro de decesos que cubra el
siniestro, contacten en cuanto puedan con la compañía. Ellos saben mejor que nadie como funciona
esto y serán quienes mejor les puedan asesorar.
Lo normal es que el juez, una vez conocido el informe preliminar del
forense, determine autorizar el sepelio del cuerpo. Nosotros por nuestra parte, elevaremos el
preceptivo informe al juzgado con las consideraciones necesarias-
-¡Vaya papeleta!- me lamenté -¡Como te
cambia la vida en cuestión de segundos!-
-Sea valiente amigo y no decaiga. Alucinará usted consigo mismo de la tremenda
capacidad que tendrá en estos días para afrontar las cosas. Se sorprenderá de su propia fortaleza y de la
templanza que derrochará en las situaciones complicadas. Se sentirá incapaz de transmitir a los que le
rodean esa desazón que guardará bajo llave en sus entrañas; pero no olvide, que
habrá momentos en los que se encontrará en soledad y será entonces cuando mire
a donde mire, solo encontrará vacío y ni un solo asidero al que aferrarse para
desahogar su pena… ¡Es caro el precio de ayudar a quien se quiere a costa de
comerse el dolor propio!-
-¡Que remedio Teniente!, ya le digo
que la chica ahora tan solo nos tiene a nosotros. Nos conocemos de hace ya muchos años y somos
muy buenos amigos. ¡Claro que llevamos
la procesión por dentro!, pero si nos hundimos nosotros terminamos de rematar a
Marta. Por otra parte ante mi mujer,
pues también me tocará ser el fuerte de la película, ¡Que otra cosa puedo
hacer!-
-Así es amigo y piense que esto no ha
hecho más que comenzar, le esperan unos días duros-
-¡En fin, es lo que hay!-
concluí-. Bueno, entiendo entonces que
aquí ya poco o nada podemos hacer-
-Efectivamente. Tan solo necesito que la hermana me firme
unos documentos. Si no tiene usted inconveniente, voy a tomar nota de sus datos
para tenerle como persona de contacto, al menos hasta que pasen unos días y la
hermana se encuentre un poco más centrada-
-Sin pegas Teniente. Cualquier cosa para lo que me necesite me da
un toque al móvil o me manda un e-mail.
Si le parece bien, voy a salir al patio para explicarles a las chicas la
situación y ahora regresamos para ultimar lo que sea necesario-
-Perfecto. Aquí les espero-
Abandoné la sala mientras hurgaba en
mis bolsillos buscando desesperadamente mi paquete de tabaco; necesitaba un
cigarrillo con urgencia y que me diera un poco el aire fresco. Trataba de ordenar las emociones en mi mente
y me entraban escalofríos tan solo de pensar en la situación que viviríamos
cuando nos enseñaran el cuerpo -si es que nos permitían verlo-; un cadáver que
yo ya había contemplado en mi premonitorio sueño y que incluso –manda narices-
nos había llamado por teléfono. En fin,
que los sueños, sueños son, que decía Calderón.
Encontré a las chicas en el patio de
la casa-cuartel, apoyadas sobre uno de los coches patrulla que allí se
encontraban estacionados. Andrea rodeaba
con el brazo los hombros de Marta, que parecía encontrarse algo más relajada
que unos minutos antes. Les expliqué la
situación y en apenas diez minutos, tras concluir los papeleos, salíamos de las
dependencias policiales camino de la capital.
-Tengo que echar gasolina y comprar
tabaco. Nos queda al menos hora y media de viaje y quizás deberíamos desayunar
algo antes de continuar. Si os parece,
paro en la primera gasolinera que veamos que tenga el bar abierto, tomamos un
café rápido y continuamos ruta- propuse.
-Yo me quedo en el coche- dijo Marta
–desayunad tranquilos que poco vamos a solucionar ya por mucho que corramos-
-¡Tienes que comer algo!- insistió mi
mujer –te espera un día muy duro y necesitas estar fuerte cariño-
-¡De verdad que no!, ya tomaré algo
cuando lleguemos a la ciudad, ahora de veras que no me apetece nada. Pasad vosotros, yo voy a intentar dormirme un
rato-
-Como tú quieras Marta. Me parece bien que intentes descansar mi
niña- dijo Andrea cariñosamente.
Y menos mal que no se bajo del coche y
gracias al cielo que mi mujer se entretuvo más de lo normal en el aseo de la
cafetería, pues mientras estaba ausente, dieron por la televisión las imágenes
del accidente, exactamente las mismas que yo había visto horas antes en
pesadillas. También el locutor decía idénticas
palabras, igualmente el viento jugaba una mala pasada y levantaba el sudario
que cubría a Carmen dejando el cadáver al descubierto y ¡cómo no!, con un teléfono aferrado a la mano y el número
de nuestra línea en la pantalla líquida del mismo.
Ya había terminado de apurar mi café,
mas llamé de nuevo al camarero, le pedí una tila doble un par de bollitos para
Marta y aboné la cuenta. Daban paso a la
siguiente noticia cuando Andrea ya regresaba del cuarto de baño dirigiéndose a
la barra.
-Andrea, ¿estás bien para conducir?-
pregunté a mi esposa.
-¡Sí, claro!, no te preocupes, llevo
yo ahora el coche y descansas un poquillo-
-¡Ciertamente estoy agotado!- confesé.
-¡Y nervioso por lo que veo! No recuerdo haberte visto jamás tomar tila-
-¡Alguna vez tenía que ser la
primera!- sonreí.
-¡Joder César, que putada lo de
Carmen!, ¡es increíble! Marta está hecha una pena- exclamó Andrea.
-Ha sido un palo tremendo. Tenía tan
solo treinta y cinco años y toda una vida por delante. ¡La carretera es una
lotería!, nunca piensas que te pueda ocurrir a ti y cuando le pasa a alguien de
tu entorno es cuando te das cuenta de la cruel realidad que cada día viven
montones de familias a quienes se les destroza la vida… En el caso de Marta es
terrible; era la única familia que tenía- apunté cabizbajo.
-A partir de ahora seremos nosotros quienes
tengamos que echar el resto y ser su apoyo- señaló mi mujer.
-Eso está claro Andrea, pero no es lo
mismo cariño. Era su hermana gemela y el
vacío que le deja a Marta, será muy difícil de llenar. Le va a costar mucho
levantar cabeza-
-¡Ojalá se haya dormido la pobre!, le
espera un día demencial- se lamentó Andrea.
-Vete arrancando el coche. Salgo ahora
mismo, lo que tarde en regresar del aseo- dije yo.
-Está bien, no tardes. Ya nos hemos
entretenido demasiado-
-Dos minutos Andrea. Tú ve arrancando-
Metí la cabeza bajo el chorro de agua del
lavabo. Sentía una presión tremenda en
la nuca y el frescor del vital líquido minoró en parte mi malestar. Demasiadas emociones en una noche para una
persona como yo que de la tranquilidad y el optimismo hacía bandera.
Alcé la vista hacia el espejo y de mi
garganta emanó un alarido estremecedor.
Ahí estaba Carmen detrás de mí, reflejando la imagen de su espectro en aquel
cristal pulido fiel a las leyes de la reflexión de la luz. Me giré asustado y
me aferré como pude con las manos al lavabo, tratando de no caerme de
espaldas. Pero allí no había nadie,
absolutamente nadie. Miré de nuevo al espejo y tan solo hallé mi rostro más
blanquecino que nunca empapado por hilillos de agua que descendían en cascada
desde mi alborotado pelo. Una brisa
gélida penetró por el diminuto ventanuco que hacía las labores de ventilación. Era un frío extremo, atroz, impropio de un
mes de junio. Quizás se trataba del
aliento de la Muerte.
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