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Libro de Firmas

Manos Culpables. Relato Corto

John Willie, se había pasado la mitad de su vida encerrado en la prisión de Angola, en el Estado de Louisiana, pero por fin, y gracias a la realización de distintos trabajos en los talleres de la penitenciaría, que le habían supuesto beneficios en la duración de su condena, había recobrado la libertad.
Uno de aquellos trabajos realizados junto a otros presos, había sido la fabricación de una nueva y flamante silla eléctrica que sustituiría a otra vieja parca con respaldo, en desuso y estropeada desde hacía ya varios años.
Y es que la llegada de un nuevo gobernador al Estado, había supuesto la intención de recuperar costumbres abandonadas en los últimos tiempos; costumbres que habían llevado a la muerte a muchos culpables, pero también a demasiados inocentes, a golpe de una Ley de Talión que colocaba a los verdugos a la altura moral de los, en indiscutible transgresión, ajusticiados.
Sin embargo a él, aquello le daba igual –El que la haga que la pague- pensaba para sí –Yo solo robé; mucho, sí, pero nunca maté a nadie, así que nada tengo que temer-
No conocía a su hijo, Robert y es que se había enterado entre los muros de la prisión que su novia estaba embarazada; no porque se lo comunicara ella personalmente (que nunca fue a visitarle) sino gracias a otro interno, Ted, conocido común de la pareja, que había sido condenado un par de meses después que él y se lo había dicho. Muchos años después y a través del propio Ted, que ya estaba en libertad, recibía por carta una fotografía; único testimonio gráfico de su descendiente.
Cuando salió de la cárcel, había tratado de contactar con él pero sus intentos siempre habían resultado infructuosos. Parecía haber desaparecido del mapa y es que nadie sabía nada del chico en su ciudad natal, Columbia, en Carolina del Sur –Desde que murió su madre por las putas drogas, se echó a perder, John- decían unos -No tuvo nunca el chaval buena vida- decían otros… Respecto a su compañero de cárcel, Ted, éste había muerto por un cáncer hacía ya cinco años
Por fin un día le encontró y es que su fotografía ocupaba la portada de todos los periódicos:
“Robert Lee Willie, de veintiséis años, ha sido ejecutado en la Prisión de Angola (Lousiana), la mañana de ayer. El reo había sido condenado por violar, y apuñalar hasta en diecisiete ocasiones, a una joven de dieciocho años, cuando ésta regresaba a su casa tras haber estado en una fiesta de fin de curso. El reo, que falleció en la tercera de las cuatro descargas eléctricas que le administraron, afirmó horas antes de que le trasladaran a la silla, que no tenía miedo a la muerte y que se sentía muy orgulloso de sí mismo. Sin embargo, trabajadores del centro penitenciario, aseguraron que no había podido dormir ninguna noche desde que le comunicaron el día y la hora de su ejecución”…
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Postrado en el viejo sofá de su casa, John apuraba las últimas gotas de una botella de Jack Daniels. Había pasado una semana desde que conoció la noticia de que su hijo había sido ejecutado en la silla de la muerte que él había construido y desde entonces no había vuelto a salir a la calle. Se incorporó tambaleándose y se dirigió al sótano. Allí reposaba, cubierta de polvo, la antigua guillotina de imprenta con la que su padre trabajó durante tantos años. La enchufó a la toma de corriente de la pared, colocó ambas manos bajo la cuchilla y pisó con firmeza el pedal de corte.


José Carlos López Martín (Costampla)
29/12/2012


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*Adaptación de hechos reales acontecidos en Estados Unidos en el año 1984. Fuente: Hemeroteca Diario ABC. Edición del sábado 29 de noviembre de 1984.

Una llamada a medianoche. Capitulo 2. Novela


CAPÍTULO 2


El sonido del móvil retumbaba en mi cabeza como un demoledor martillo.  Notaba los músculos paralizados por el miedo y me sentía incapaz de apartar la vista del televisor donde había quedado congelada la imagen con el cadáver de Carmen.  Fue entonces cuando sentí una mano que acariciaba mi espalda y empecé a temblar:
-Cariño, está sonando tu móvil, despierta-
-¿Andrea?- pregunté perplejo
-Que está sonando tu teléfono cielo, ¡levántate anda!- inquirió mi mujer.
-¡Andrea, estás viva!- exclamé.
-¡Vaya! ¿Y como había de estar?- preguntó perpleja.
-¡Dios, era tan solo un sueño!- dije aliviado.
-¡Vamos César, levántate y coge el teléfono de una vez.  Son las cuatro de la madrugada! ¿Quién narices puede llamar a estas horas?-
-¡Voy cariño, voy!
Me incorporé de la cama de un salto y corrí hacia el salón.  Encendí la luz de la estancia y me quedé frenado en la puerta.  El móvil clamaba chillón encima de la mesita desplazándose por el cristal entregado al baile de la vibración.  Sombras de oscuros presagios se apoderaron de mí cuando observé en la pantalla el número desde el que llamaban. Se trataba de Marta, la hermana gemela de Carmen.
-¿Dígame?- pregunte hecho un manojo de nervios.
-¿Cesar?...-
-Sí, dime Marta-
-¡César, que Carmen se ha ido, que se ha ido mi hermana!- dijo entre sollozos la chica sin apenas poder articular palabra
-¿Cómo? ¡No te entiendo! ¿Qué le pasa a Carmen?-
-¡César, que se ha muerto Carmen, que se ha matado con el coche!-
-¡Marta amiga, que me cuentas!-
-Me acaba de avisar la Guardia Civil desde Motilla del Palancar! ¡Es terrible César!, me voy ahora mismo hacía allí-
-Tranquilízate cielo, no te precipites. ¡Ni se te ocurra coger el coche!-
-¿Qué hago sí no? ¡Tengo que estar con ella, solo me tiene a mí! ¡ay, mi hermana por Dios! ¡no es justo César!-
-Espéranos en tu casa, vamos hacia allí ahora mismo, pero por favor, no te muevas de ahí. En un cuarto de hora como mucho llegamos, Marta. Trata de sosegarte-
-¡No!, ¡me marcho ya, necesito verla!-
-Sí Marta, y yo me iré contigo ¿vale?, pero es una locura meterte ahora en carretera con el estado de nervios que tienes-
-¡Por favor, venid deprisa, me estoy volviendo loca!-
-¡Diez minutos cielo, en diez minutos estamos allí!-
-¡Gracias, muchas gracias!. ¡Nunca sabré como agradecértelo!-
-Eso es lo de menos Marta, para eso están los amigos, para lo bueno y para lo malo.  Trata de calmarte que estamos ahí ya mismo. Hasta ahora.
El silencio que se instaló en la sala tras la conclusión de la llamada, se me antojó como un bálsamo.  La voz quebrada de Marta al otro lado del hilo arrinconó mi temple.  No sé cómo pude aguantar con entereza aquella conversación; supongo que el subconsciente funciona con sentido común y nos hace fuertes en situaciones críticas, claro que tarde o temprano llega el momento en el que se pagan todas juntas, y ¡vaya si se pagan!
-¿Quién era César? ¿Qué ha pasado?- Escuché a Andrea detrás de mí.
-No te lo vas a creer cielo. Carmen se ha muerto en un accidente de tráfico-
-¿Qué?-
-Era Marta, su hermana. Acaban de comunicárselo, ¡es una pasada cielo!-
-¡Joder, no es posible, si la he visto esta misma tarde!-
-Se ha matado cielo, se ha matado-
-¿Dónde ha sido?, ¿Dónde está Marta?-
-Escucha Andrea. Quería irse sola ahora mismo hacia allí y le he dicho que ni se le ocurra, que nos espere en casa que nos vamos con ella-
-¿Pero donde ha sido? ¡Joder, joder, es increíble!-
-En Motilla del Palancar, más o menos a unos doscientos cincuenta kilómetros de Madrid. ¡Venga, vístete y coge lo que sea necesario que nos vamos ya!-
-Ponte lo que sea y ve sacando el coche del garaje, ahora mismo bajo yo- dijo mi mujer.

Opté por tomar la M-30 tratando de ganar el mayor tiempo posible.  Apenas había tráfico a esas horas de la madrugada.  El destello del flash de un radar iluminó el habitáculo del coche a la altura de Moratalaz.  Pasaba todos los días por allí para ir al trabajo y si bien siempre tenía cuidado de levantar el pie cuando llegaba a ese punto, en aquellos momentos ni caía en la cuenta ni me importaba el no hacerlo; aquello resultaba una nimiedad en comparación con el trago por el que estábamos pasando. -¡Que le den por saco al ayuntamiento!- pensé para mí y pisé el acelerador a fondo en un gesto de insumisión emocional alentado por niveles descomunales de adrenalina.
-¡Cesar tío! ¡Levanta el pie! ¿Estás loco?- clamaba mi mujer sujeta al asidero situado encima de la puerta.
Mas yo tan solo era capaz de escuchar ese conglomerado de voces que se habían instalado en mi cabeza, repitiéndose insistentes en un bucle que me maniataba.  -… tengo el camino libre y toda la eternidad para conseguirte… me había dicho Carmen en sueños. ¿en sueños?; ¡en esos momentos para nada lo tenía claro!
-¡Cesar joder!, ¿quieres que nos matemos nosotros? ¿Qué narices te pasa? ¿No tienes dos dedos de frente?- me gritaba Andrea.
-Perdona cielo- reaccioné –estoy muy alterado, todo esto me puede-
-¡Pues cálmate de una vez o para el coche y déjame que lo lleve yo!- ordenó.
El sonido del motor del vehículo contestó por mí, disipando decibelios a la par que minoraban las revoluciones de la máquina. Apenas dos minutos después, dejaba la autopista y enfilaba la calle de Marta con algunas dosis más de control sobre mí mismo.  Nuestra amiga nos estaba esperando, impaciente en su portal, con una pequeña bolsa deportiva en la mano.
El rostro de Marta era un alegato a la desesperación; la viva estampa del pleno dolor navegando en un piélago de lágrimas de incomprensión e incredulidad. Decía el poeta francés Alphonse de Lamartine que a menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.  Ciertamente aquella alma, bien parecía entregada al vacío de la muerte en renuncia a su propia vida.
Apenas se detuvo el coche, Marta se subió en el asiento de atrás.  Andrea en acertado juicio, decidió que lo mejor era sentarse junto a ella y acompañarla durante el viaje.  Así que allí me quedé yo, en la soledad del habitáculo delantero, tan solo con la compañía de una cajetilla de tabaco y un mechero, dudando de contar con suficiente arsenal de cigarrillos para afrontar un trayecto que se antojaba duro.
Poco más de dos horas fue lo que tardamos en llegar a nuestro destino, aunque les aseguro que en lo que a mí me tocaba, ese tiempo me pareció una eternidad.   Estuve tentado en varias ocasiones de poner a toda mecha el disco de Metallica; cualquier cosa con tal de sacarme de la cabeza los retorcidos pensamientos que me atoraban y de paso dejar de escuchar los lamentos que provenían del asiento de atrás, pero la ocasión no pintaba para frivolidades musicales en momentos tan dolorosos que además hubiesen supuesto sin duda, una flagrante e improcedente falta de respeto ante el sufrimiento de nuestra amiga Marta.
Suspiré agradecido cuando divisé el cartel que indicaba la salida de la autovía que nos llevaría a nuestro destino. Me dirigí directamente, guiado por el GPS, al cuartel de la Guardia Civil de Motilla del Palancar.
El agente que se encontraba de retén nos invitó a pasar a una pequeña salita y acomodarnos.
-¿Dónde está mi hermana?- preguntó Marta.
-Ahora mismo vendrá el teniente y les pondrá al tanto de la situación.  Es él quien conoce al detalle lo ocurrido y quien ha ordenado que se le avise en cuanto ustedes llegaran.  Si me permiten voy a llamarle ahora mismo- nos explicó el guardia a la par que tomaba el teléfono.
-Mi teniente, ya han llegado- dijo escuetamente y colgó.
-¿Les apetece un café?, vendrán agotados del viaje y acabo de prepararlo.  Es de puchero, no sé si les gustará, pero su apaño hace- ofreció el agente.
-Pues se lo agradezco mucho- dije –aunque se trate de un trayecto relativamente breve, siempre es agotador conducir de noche. ¿Queréis un café chicas?-
Andrea asintió con la cabeza y una apenas perceptible sonrisa en sus labios que denotaba agradecimiento.  Marta permanecía sin alzar el rostro con la mirada perdida en el suelo, evadida en sus emociones.
-¡Déjalo!- me susurró mi mujer al oído- quizás el café no sea bueno para su estado de nervios-
-Señorita, ¿quiere que le prepare una infusión… una tila?- intervino al quite el agradable funcionario.
-Gracias, pero de verdad que no me entra nada en el cuerpo, es usted muy amable- contestó Marta sin levantar la cabeza.
Se sintieron pasos por el pasillo y una tos que asocié a la de un fumador de solera.  Al instante otro hombre uniformado asomaba por la puerta de la sala.
-¡Buenas noches!, soy el teniente Fernando Lerma- se presentó ofreciéndonos la mano –¡siento mucho lo que ha ocurrido, de verdad!. ¡Nada hemos podido hacer!-
-¿Dónde está mi hermana?, ¡necesito hablar con ella!- dijo Marta levantándose como un gato asustado de la silla en la que se encontraba sentada.
-Señorita- dijo con tacto el oficial- se que no es fácil asumirlo y no sabe usted el dolor que me causa el haber sido yo quien le diera la noticia, pero su hermana desgraciadamente ha fallecido en el accidente, de veras que lo siento mucho-
-¡Mentiroso, eres un mentiroso!, ¿Dónde está Carmen, que habéis hecho con ella?- gritó Marta en un arrebato de puntual locura.
-¡Marta cariño, tranquilízate!- dijo Andrea –este señor solo quiere ayudarte, él no tiene la culpa de nada- alegó aferrándose a ella para evitar que se lanzara contra aquel hombre de ley-
-¡Embusteros, mentirosos...!, ¡Dios mío, es injusto!- Una bacanal de rabia se apoderaba poderosa de ella -¿Dios?, ¿Dios?... ¡No puede existir ese ser que permite que estas cosas ocurran!... ¿Y me dicen que crea?... ¿Cómo voy a creer en alguien tan retorcido? ¿Cómo? ¿Cómo?...- Repetía una y otra vez llorando desconsolada.
-Marta, vente conmigo a la calle, que nos de un poco el aire.  Deja que le expliquen a César lo que ha ocurrido, por favor. Trata de tranquilizarte cariño- rogó Andrea.
-¡Lo siento, de verdad que lo siento!, ¡perdóneme, por favor!, estoy desquiciada-
-Lo entiendo perfectamente, no se apure.  Tiene razón su amiga. Salgan al patio un ratito. La noche es agradable y seguro que el airecillo le sentará bien.  No tenga ninguna duda de que le informaré de todo, pero tiene que tratar de sosegarse, por su propia salud-
-¡Vamos Marta!, hazle caso a Andrea.  Os fumáis un cigarrillo y regresáis.  Deja que me expliquen lo que ha pasado y hacemos lo que haya que hacer ¿vale?- dije yo.
Me miró a los ojos en un gesto a caballo entre la angustia y el sincero agradecimiento.  Se dejó llevar por Andrea y ambas salieron de la estancia.
-Lo siento mucho teniente.  Ha sido un palo terrible para todos, pero sobre todo para ella.  Era la única familia que le quedaba.  Hace años que perdieron también a sus padres, también de manera dramática, y una era para la otra crucial apoyo-
-Desgraciadamente estoy acostumbrado a esto- dijo con pesar el oficial – Ahora mismo la chica está pasando por una fase en la que se aferra a la obsesiva idea de que su ser querido aun permanece vivo, negando la realidad y no queriendo asumir que su hermana ha muerto.  Es probable que con el paso de los días, manifieste una hiperactividad fuera de lo normal, tratando de estar ocupada para enmascarar el duelo que le aflige o incluso pueda llegar a tener pensamientos obsesivos con la muerte que se canalicen en un deseo por dejar esta vida-
-¡Joder Teniente, no resulta para nada tranquilizador lo que me cuenta!-
-Pues eso no es nada; de hecho hay quien en su descompensación emocional, llega a pasar por experiencias alucinatorias con el fallecido, como sentir su voz o incluso ver a menudo su espectro-
Me vinieron a la cabeza las imágenes que tétricas colmaban la televisión de mi sueño.
-¿A qué hora fue el accidente?- pregunté.
-Pues por lo afirmado por los testigos, sobre las doce y cinco de la noche.  El coche dio tres vueltas de campana y saltó la mediana…-
-Y se empotró contra un camión que circulaba dirección Madrid.  Ella murió en el acto y el conductor del otro vehículo salió ileso -  concluí yo en un guión que conocía al dedillo.
-Así es; supongo que vio usted la noticia en la tele-
-¡Digamos que sí!- confirmé a caballo entre la ironía y el convencimiento.
-Bueno, pues el caso es que el juez de guardia, no tardó mucho en aparecer por allí, ordenó el levantamiento del cadáver y el mismo ahora se encuentra en el Anatómico-Forense de Cuenca  para que le sea practicada la autopsia-
-¿Autopsia?, ¿no está clara la causa de la muerte en un accidente tan atroz?-
-El sentido común dice que sí, pero por ley es necesario hacerla.  Me parece bien que se investigue para descartar otras causas.  Es justo que sepamos con certeza lo que ha ocurrido.  Piense además que han existido daños a terceros y a veces las autopsias revelan datos que para las buitres aseguradoras resultan determinantes a la hora de aflojar o no la gallina.  El dinero no entiende de emociones…-
-¡Ya!, ¿y cuál cree usted que puede haber sido la causa del accidente?- insistí.
-Pues de lógica una pérdida de control del vehículo por parte del conductor con fatales consecuencias-
-¿Una distracción?, ¿el mal estado de la carretera?...-
-Con los datos que tenemos no sabría aportarle información clara.  Entienda que el accidente ha sido de noche y que si bien existe un protocolo de actuación que bien aplicado nos acerca a determinar las causas, todavía nos queda trabajo por hacer para poder llegar a alguna conclusión.  En un par de horas, con la luz del día, regresaremos al lugar para recabar más muestras y realizar las pertinentes mediciones que completen el atestado.  Hasta dentro de dos días al menos, no podremos ultimar nada-
-¿Y qué debemos hacer en tanto nos aclaran algo?-
-Pues el primer paso es acercarse al Anatómico-Forense y una vez practicada la autopsia, la hermana tendrá que hacerse cargo del cuerpo.  Les aconsejo que si tienen contratado algún tipo de seguro de decesos que cubra el siniestro, contacten en cuanto puedan con la compañía.  Ellos saben mejor que nadie como funciona esto y serán quienes mejor les puedan asesorar.  Lo normal es que el juez, una vez conocido el informe preliminar del forense, determine autorizar el sepelio del cuerpo.  Nosotros por nuestra parte, elevaremos el preceptivo informe al juzgado con las consideraciones necesarias-
-¡Vaya papeleta!- me lamenté -¡Como te cambia la vida en cuestión de segundos!-
-Sea valiente amigo y no decaiga.  Alucinará usted consigo mismo de la tremenda capacidad que tendrá en estos días para afrontar las cosas.  Se sorprenderá de su propia fortaleza y de la templanza que derrochará en las situaciones complicadas.  Se sentirá incapaz de transmitir a los que le rodean esa desazón que guardará bajo llave en sus entrañas; pero no olvide, que habrá momentos en los que se encontrará en soledad y será entonces cuando mire a donde mire, solo encontrará vacío y ni un solo asidero al que aferrarse para desahogar su pena… ¡Es caro el precio de ayudar a quien se quiere a costa de comerse el dolor propio!-
-¡Que remedio Teniente!, ya le digo que la chica ahora tan solo nos tiene a nosotros.  Nos conocemos de hace ya muchos años y somos muy buenos amigos.  ¡Claro que llevamos la procesión por dentro!, pero si nos hundimos nosotros terminamos de rematar a Marta.  Por otra parte ante mi mujer, pues también me tocará ser el fuerte de la película, ¡Que otra cosa puedo hacer!-
-Así es amigo y piense que esto no ha hecho más que comenzar, le esperan unos días duros-
-¡En fin, es lo que hay!- concluí-.  Bueno, entiendo entonces que aquí ya poco o nada podemos hacer-
-Efectivamente.  Tan solo necesito que la hermana me firme unos documentos. Si no tiene usted inconveniente, voy a tomar nota de sus datos para tenerle como persona de contacto, al menos hasta que pasen unos días y la hermana se encuentre un poco más centrada-
-Sin pegas Teniente.  Cualquier cosa para lo que me necesite me da un toque al móvil o me manda un e-mail.  Si le parece bien, voy a salir al patio para explicarles a las chicas la situación y ahora regresamos para ultimar lo que sea necesario-
-Perfecto. Aquí les espero-
Abandoné la sala mientras hurgaba en mis bolsillos buscando desesperadamente mi paquete de tabaco; necesitaba un cigarrillo con urgencia y que me diera un poco el aire fresco.  Trataba de ordenar las emociones en mi mente y me entraban escalofríos tan solo de pensar en la situación que viviríamos cuando nos enseñaran el cuerpo -si es que nos permitían verlo-; un cadáver que yo ya había contemplado en mi premonitorio sueño y que incluso –manda narices- nos había llamado por teléfono.  En fin, que los sueños, sueños son, que decía Calderón.
Encontré a las chicas en el patio de la casa-cuartel, apoyadas sobre uno de los coches patrulla que allí se encontraban estacionados.  Andrea rodeaba con el brazo los hombros de Marta, que parecía encontrarse algo más relajada que unos minutos antes.  Les expliqué la situación y en apenas diez minutos, tras concluir los papeleos, salíamos de las dependencias policiales camino de la capital.
-Tengo que echar gasolina y comprar tabaco. Nos queda al menos hora y media de viaje y quizás deberíamos desayunar algo antes de continuar.  Si os parece, paro en la primera gasolinera que veamos que tenga el bar abierto, tomamos un café rápido y continuamos ruta- propuse.
-Yo me quedo en el coche- dijo Marta –desayunad tranquilos que poco vamos a solucionar ya por mucho que corramos-
-¡Tienes que comer algo!- insistió mi mujer –te espera un día muy duro y necesitas estar fuerte cariño-
-¡De verdad que no!, ya tomaré algo cuando lleguemos a la ciudad, ahora de veras que no me apetece nada.  Pasad vosotros, yo voy a intentar dormirme un rato-
-Como tú quieras Marta.  Me parece bien que intentes descansar mi niña- dijo Andrea cariñosamente.
Y menos mal que no se bajo del coche y gracias al cielo que mi mujer se entretuvo más de lo normal en el aseo de la cafetería, pues mientras estaba ausente, dieron por la televisión las imágenes del accidente, exactamente las mismas que yo había visto horas antes en pesadillas.  También el locutor decía idénticas palabras, igualmente el viento jugaba una mala pasada y levantaba el sudario que cubría a Carmen dejando el cadáver al descubierto y ¡cómo no!,  con un teléfono aferrado a la mano y el número de nuestra línea en la pantalla líquida del mismo.
Ya había terminado de apurar mi café, mas llamé de nuevo al camarero, le pedí una tila doble un par de bollitos para Marta y aboné la cuenta.  Daban paso a la siguiente noticia cuando Andrea ya regresaba del cuarto de baño dirigiéndose a la barra.
-Andrea, ¿estás bien para conducir?- pregunté a mi esposa.
-¡Sí, claro!, no te preocupes, llevo yo ahora el coche y descansas un poquillo-
-¡Ciertamente estoy agotado!- confesé.
-¡Y nervioso por lo que veo!  No recuerdo haberte visto jamás tomar tila-
-¡Alguna vez tenía que ser la primera!- sonreí.
-¡Joder César, que putada lo de Carmen!, ¡es increíble! Marta está hecha una pena- exclamó Andrea.
-Ha sido un palo tremendo. Tenía tan solo treinta y cinco años y toda una vida por delante. ¡La carretera es una lotería!, nunca piensas que te pueda ocurrir a ti y cuando le pasa a alguien de tu entorno es cuando te das cuenta de la cruel realidad que cada día viven montones de familias a quienes se les destroza la vida… En el caso de Marta es terrible; era la única familia que tenía- apunté cabizbajo.
-A partir de ahora seremos nosotros quienes tengamos que echar el resto y ser su apoyo- señaló mi mujer.
-Eso está claro Andrea, pero no es lo mismo cariño.  Era su hermana gemela y el vacío que le deja a Marta, será muy difícil de llenar. Le va a costar mucho levantar cabeza-
-¡Ojalá se haya dormido la pobre!, le espera un día demencial- se lamentó Andrea.
-Vete arrancando el coche. Salgo ahora mismo, lo que tarde en regresar del aseo- dije yo.
-Está bien, no tardes. Ya nos hemos entretenido demasiado-
-Dos minutos Andrea. Tú ve arrancando-

Metí la cabeza bajo el chorro de agua del lavabo.  Sentía una presión tremenda en la nuca y el frescor del vital líquido minoró en parte mi malestar.  Demasiadas emociones en una noche para una persona como yo que de la tranquilidad y el optimismo hacía bandera. 
Alcé la vista hacia el espejo y de mi garganta emanó un alarido estremecedor.  Ahí estaba Carmen detrás de mí, reflejando la imagen de su espectro en aquel cristal pulido fiel a las leyes de la reflexión de la luz. Me giré asustado y me aferré como pude con las manos al lavabo, tratando de no caerme de espaldas.  Pero allí no había nadie, absolutamente nadie. Miré de nuevo al espejo y tan solo hallé mi rostro más blanquecino que nunca empapado por hilillos de agua que descendían en cascada desde mi alborotado pelo.  Una brisa gélida penetró por el diminuto ventanuco que hacía las labores de ventilación.  Era un frío extremo, atroz, impropio de un mes de junio.  Quizás se trataba del aliento de la Muerte.

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Una llamada a medianoche. Capitulo 1. Novela



CAPÍTULO 1

Eran las doce y media de la madrugada cuando sonó el teléfono.  Aún no se habían acostado; era viernes y al día siguiente no tenían que madrugar, pero aun así, era un fastidio recibir una llamada tan tarde, fundamentalmente porque lo más natural era que de improviso se disparaban las alarmas de la preocupación, toda vez que no era lo habitual que alguien llamase a esas horas tan tardías.

-¡Esa es tu amiga Carmen, me apuesto lo que quieras!- le dije a mi mujer mientras me acercaba al salón para coger el teléfono.
-¡Me extraña que llame tan tarde!- contestó ella con gesto preocupado -¡Aunque no será la primera vez que lo hace!- afirmó.
-¡Pues no te extrañe, que sí que es ella!.  Es su número el de la pantalla- confirmé -¡anda, cógelo tú que yo me encabrono!- Inquirí fastidiado.
-¡Que pesada, siempre igual!- Se quejó Andrea desde el cuarto de estar al punto que se incorporaba para dirigirse a la otra sala y atender la llamada.

Mientras mi mujer conversaba con su amiga, aproveché para acercarme a la cocina y volver a depositar en la nevera, ese benjamín de cava que apenas unos minutos antes, disponía en el salón para compartirlo con ella.  La llamada había asomado inoportuna en un momento entrañable y quizás, con cualquier otro interlocutor al otro lado del hilo, me habría ahorrado el paseo, pero tratándose de Carmen, mi decisión era de lo más acertada.  No quedaba otra que esperar paciente y confiar en que la conversación, que como de costumbre se preveía larga e intensa, no terminara por hastiar a Andrea y quitarle las ganas de todo tras inhumano tormento.

Lo habíamos hablado en multitud de ocasiones y siempre llegábamos a la misma conclusión: ¡Es muy buena gente, pero es muy pesada!...

Y es que Carmen, era de esas personas que parecía que, al contrario que el resto de los mortales, en vez de con un pan, había asomado a este mundo con un teléfono debajo del brazo, viviendo con la necesidad crítica de hacer uso del mismo en todo momento del día.  En el plano contrario, nos encontrábamos nosotros, que éramos de los que lo utilizábamos en momentos de puntual necesidad.  Nos costó años comprar el primer móvil, pero finalmente tuvimos de claudicar y adaptarnos a los nuevos tiempos.
Aun recuerdo lo que le dije a Carmen cuando orgullosa nos enseñaba su flamante “Moviline”, mientras nos tomábamos una copa en el Bar “El Cinco”, en aquellos años que vivíamos en Las Palmas:

-Carmen, ¿sabes en qué se parece un preservativo a un teléfono móvil?... En que solo lo llevan los capullos -
-¡Mira que eres payaso!- Me dijo riéndose –Tú métete conmigo pero de aquí a nada te veo con uno como el mío-

Y tan solo se equivocó en lo parecido de mi primer terminal al que ella entonces nos mostraba, toda vez que aquellos voluminosos y pesados ladrillos de primera generación acabaron como  pieza de museo en cuestión de pocos meses.

Regresé al cuarto de estar y mientras ellas hablaban volví a poner en funcionamiento la televisión a la que ya habíamos despachado por su obstinado empecinamiento diario de regalarnos basura, mas el tedio obligaba y a la espera del retorno a nuestra intimidad, recorrí el dial con el mando a distancia, pesimista de encontrar algo a lo que mereciera la pena prestar atención.  Opté finamente por ponerme el canal “24 horas”, el más socorrido en estos casos.  En ese momento estaban dando la noticia de un accidente de circulación.  Las imágenes que presentaba la pantalla eran dantescas:

...el terrible accidente se ha producido en el kilómetro 227 de la Autovía de Levante sobre la medianoche de hoy.  El vehículo siniestrado perdió el control por causas que se desconocen y tras dar tres vueltas de campana y saltar la mediana, acabó empotrado contra un camión que circulaba en dirección Madrid.  La mujer que conducía el vehículo murió en el acto consecuencia del terrible impacto. El cuerpo de la mujer será trasladado al Instituto Anatómico-Forense para practicarle la autopsia.  El conductor del camión, milagrosamente ha resultado ileso…

Las instantáneas mostraban a las primeras ambulancias que llegaban al lugar del suceso; luces anaranjadas que siniestras destellaban en el televisor, un cuerpo inerte que reposaba eterno en el suelo tapado con una sábana y lo que parecía un Toyota  de color azul, hecho un amasijo de hierros envuelto en una nube de negro humo.  Entre la siniestra niebla de muerte, podía distinguirse la matrícula del coche: 7456 XGW.

-¡César, dice Carmen que te pongas!- escuché detrás de mí.

Me levanté de la silla y con la mirada perdida en la nada y un gesto de fastidio, anduve de nuevo hacia el salón para tomar el auricular que Andrea me ofrecía.

-¿Si?- pregunté
-Hola, Cesar ¿has visto qué fuerte?- dijo Carmen al otro lado del hilo.
-¿El qué?...- Interrogué
-La noticia que están dando en la tele… ¡Es terrible!..-
-¿Lo del accidente?-  dije.
-Lo del accidente. ¡Vaya leche!- confirmó Carmen.
-Lo estoy viendo, Carmen.  ¡Cuánto me alegro de hablar contigo!-
-Yo también me alegro, César, ¡te noto muy nervioso!  ¿Pasa algo?-
-Estoy bien, rematadamente bien, pero leches, cuando he visto ese Toyota azul, me he acordado de ti. ¡Incluso la matrícula me ha confundido!... ¡Se parece tanto a la tuya!-
-A veces nos encontramos de sopetón con cosas que nos asustan… Es inevitable- afirmó mi amiga.
-Para mi alivio he disipado la duda de inmediato.  Es una alegría que en este preciso momento estés hablando con nosotros.
¡Por primera vez en años no te mosqueas conmigo porque te llame a deshoras!.  ¡Siempre he sido una pesada!- contestó entre risas.
-¡Mira Carmen!, ¡de pesada nada!, ya te digo que ahora mismo el escucharte es lo más gratificante que me hubiera podido ocurrir… Vale que alguna vez me he rebotado contigo, ¡pero leñe!, olvida todo eso, que ahora mismo tu voz me resulta una dulce melodía. ¡Llama cuando quieras que para eso han de estar los amigos!-
-¡No dudes que así lo haré, ya me conoces!-
-No lo dudo, no lo dudo…- confirmé
-Oye, César, cambiando de tema, nunca sabré como agradecerte lo bien que te has portado con mi amiga- dijo Carmen –era una muchacha estupenda.
-En fin… No sé a qué viene eso ahora, pero vaya, tampoco he hecho nada del otro mundo.  Sabes que la quiero muchísimo y a ti también-
-¿A mí también?... No, no creo que tanto-
-¡Bueno, son cosas distintas.  Ella es mi mujer y tu eres mi amiga!-
-¡Siempre hubiera querido ser algo más!-
-¿Cómo?-
-Como lo oyes. No obstante quiero que sepas que cuando me empeño en algo, no paro hasta conseguirlo y ahora estoy en mejor situación que nunca para tener paciencia y saber esperar.  Eras para mí, pero tú te decantaste por ella-
-Pero…¿qué dices?-
-Digo que en su momento fui tonta por consentir que llegarais a más… pero claro, ella no pasaba por una buena racha y tú despertaste de nuevo su ilusión… Al fin y al cabo era mi amiga ¿no?-
-Yo alucino contigo, Carmen… ¿Estás bien?-
-Volveré a llamarte, tantas veces como sea preciso y te convenceré, que ya tengo el camino libre y toda la eternidad para conseguirte… Hasta pronto César-
-¿Carmen?, ¿oye?...-

El silencio se hizo al otro lado del hilo.  Me quedé mirando el auricular como tratando de hallar respuesta en el mismo al vendaval de incoherencias que acababa de escuchar.  Bloqueado, acudí de nuevo al cuarto de estar para contarle a Andrea lo sucedido y fue entonces cuando al abrir la puerta, sentí una Tizona de muerte desgarrando mis entrañas sin piedad alguna.

Andrea se hallaba inerte en el sofá con los ojos clavados en el televisor, las dos manos rígidas apretando su estático pecho, la cabeza ladeada y un torrente de viscosa espuma que lentamente descendía emanando de entre sus amoratados labios.

En la pantalla, la imagen con la que el cámara de informativos se recreaba una y otra vez; la cara de una víctima de accidente de tráfico al descubierto por el azar del caprichoso viento que había levantado la sábana.  En la mano fría del cadáver, un teléfono móvil y en la pantalla del mismo un número que yo conocía mejor que nadie.

Un politono macabro procedente del salón, sumía de oscuridad la casa.

La Sombra del Mal.- Relato corto


Tras veintiún años en el “trullo”, abandonaba los muros de Soto del Real a las diez de la mañana. Un jersey a rayas, gorro de lana y la vieja mochila al hombro, era todo el equipaje que consigo portaba.

-¡A mí me han metido veinte años en la cárcel por la cara!, por eso cojo un taxi y me voy como un ciudadano libre. ¡Yo no he hecho nada!- Afirmaba arrogante ante la marabunta de periodistas que le esperaban a la salida de la prisión.

Había sido condenado a cuarenta y cuatro años, pero la mansa legislación del Estado, impedía el cumplimiento íntegro de la pena. Leyes en papel mojado al servicio de quien se jactaba ante los medios de no haber hecho en su reclusión, terapia alguna de reinserción “…porque no le hacía falta”.

Todo se remontaba al comienzo de la última década del pasado siglo. Era un sábado, en una ciudad cualquiera, donde una familia cualquiera, sin ganas de salir aquella tarde, cedía a los deseos de su hija de nueve años por acercarse a la casa de una amiga que vivía en un bloque cercano. Aun siendo reacios los padres a que la pequeña saliera sola a la calle, la insistencia de ésta, poderosa en cariños y arrumacos, logró finalmente su objetivo, y finalmente cedieron.

-¡Gracias mamuchi!- dijo la niña regalando a su madre esa mirada agradecida que siempre desprendían sus ojos.

Pero la pequeña, nunca llegó a casa de su amiga… La sombra del mal, la vio salir a la calle desde el ventanal de un bar y sin escrúpulos se fue a por ella… Y la engañó, diciéndole que la acompañara que sabía dónde estaba su amiga… Y la violó y destrozó la cabeza a golpes… Y la abandonó en un humedal, completamente desnuda y masacrada, cubriéndola con unas ramas…

Y ahora La Sombra del Mal, ocupaba el asiento trasero de aquel taxi, rememorando y deleitándose en aquello y maldiciendo su suerte porque un año antes del alboroto, no hubiera conseguido su objetivo de hacer lo mismo con la hermana de la pequeña, a quien cuando tenía ocasión siseaba a su paso “morena guapa” y que cuando tuvo la oportunidad de obtenerla, un vecino lo impidió amenazándole con el gato de un coche. Tarde o temprano se vengaría de aquel metomentodo –pensó para sí-. Ahora era momento de disfrutar de su libertad que tiempo para todo habría, concluyó en su mente mientras dejaba escapar de su rostro una sonrisa lacónica.

Estaba absolutamente convencido de que había sido injustamente condenado -¿Qué culpa tengo yo de que me prive el sexo?. ¡Es algo instintivo, de lo más natural! ¿Acaso nadie ve lo que hacen todos los animales… Además, yo la habría tratado con todo mi cariño, pero ella no quiso nada de mí y me arañó y me dio patadas y se me fue la mano… ¿Qué otra cosa podría haber hecho?-

-Adonde vamos- pregunto el taxista a quien protegía una mampara.

-Llévame a la Casa de Campo, que me han dicho en el “chabolo” que hay unas negras de impresión que por cuatro perras te la chupan-

-Le saldrá cara la carrera- avisó el chófer-

-Eso no creo que a ti te importe mucho. ¡Tú llévame y punto!-

-Yo le llevo a donde usted quiera, pero no es la primera vez que me la lían cuando recojo aquí. ¡qué maldita sea mi estampa! ¡si no fuera porque mi jefe me obliga a frecuentar esta parada, no venía yo ni de coña!-

-¡La madre que me parió!, si no fuera por esta puta mampara y porque me busco la ruina, te arrancaba la cabeza. ¡Toma! ¿Te parece bien esto?- dijo contrariado mientras le ofrecía dos billetes de cincuenta euros-

-Me parece- concluyó el taxista mientras recogía del compartimento el dinero-

Cuando el vehículo arribaba a las estribaciones de Batán, el iris de los ojos del cliente se tornó especialmente brillante. Decenas y decenas de meretrices deambulando en las cunetas de la carretera, tan solo cubiertas con escuetos tangas de todo a cien increpando con insistentes movimientos de brazos a que los coches pararan para prestar sus servicios.

No precisó de tiempo La Sombra del Mal a la hora de elegir desahogo, y es que a las primeras de cambio, toparon con una muchacha rubia, cuyo maquillado rostro escondía la asustadiza cara de una menor.

-¡Para aquí y me esperas!- dijo el cliente.

-No oiga, que yo no espero a nadie. Haga usted lo que tenga que hacer y a mi déjeme que yo no puedo estar aquí perdiendo el tiempo- dijo el conductor.

-¡Me estás tocando ya los cojones!- gritó mientras le enseñaba otro billete de cincuenta.

-Guárdese su dinero que paso de perder tiempo. Por aquí pasan cientos de taxis a lo largo del día y no tendrá problema para tomar otro después. ¡Yo me largo!- Concluyó el chofer a la par que ponía en el hueco de la mampara el cambio del coste de la carrera.

-¡Será cabrón “el pesetas”!. Lárgate “hijoputa” y da gracias que no estoy en situación de complicarme la vida que si no te ibas a enterar tú de quién soy yo- Dijo mientras se bajaba del coche y cerraba la puerta de un tremendo portazo.

Su gesto de ira se transformó en sonrisa lobuna cuando contemplo a aquella chica que esperaba cruzada de brazos apoyada en una señal de tráfico.

-¿A dónde me vas a llevar rubia?- preguntó socarrón ofreciéndole a la chica el mismo billete con el que minutos antes había tratado de convencer al taxista.

La muchacha, tomó el dinero y sin mediar palabra se dirigió hacia el interior del parque haciéndole un gesto con el dedo para que le siguiera. En una estrecha vaguada flanqueada de matorral, la prostituta extendió una toalla que sacó de un enorme bolso y quitándose la ropa interior se tumbó boca arriba sobre ella esperando a que aquel miserable comenzara con el rutinario ritual…

______

Al día siguiente, un hombre que caminaba por el parque se topó con una escena dantesca. Un individuo yacía en el suelo, ensartado en una vara de pino que le entraba por el orificio anal y asomaba en el lado opuesto entre los restos de ensangrentadas piezas de dientes y dos labios acicalados con el color de la muerte.

La policía confirmó que previamente le habían introducido por el recto, el cañón de un 38 que había reventado sus tripas; el mismo del que había salido el proyectil cuyo impacto a quemarropa presentaba la cabeza.

En tanto, un taxista de circunstancias, descansaba en su casa de una ciudad cualquiera, al lado de su rubia hija, mientras telefoneaba a su hermana:

¡Todo se ha consumado, descansa!

María de la Montaña.- Relato Corto






"Nunca podremos huir de la miseria que está dentro de nosotros."
Arthur Golden


Supe de ella a finales de un abril de 1996, cuando arribé a tierras de Venezuela en justa celebración al pacto sellado horas antes en el ara de una iglesia y por el que me entregaba, en cuerpo y alma, para siempre, al sentido de mi existencia; esa gema que de la mano, aterrizó conmigo en la Isla de Margarita.

Aun no alcanzaba yo los veintiséis por aquel tiempo, mas preveía que desde entonces, mi alma maduraría a pasos agigantados rendido al peso de la adulta responsabilidad; pero no era momento de vaivenes existenciales y sí el de deleitarse con las delicias que,  la sublime felicidad y un buen puñado de dólares en el bolsillo, ponía a mi alcance en aquel viaje de luna de miel.  Para lo demás ya habría turno hasta hastiarse.

Recuerdo ir una noche a Porlamar, la principal metrópoli del estado de Nueva Esparta, formado por el archipiélago en el que a la gran Margarita le acompañaban otras dos pequeñas islas más, las de Coche y Cubagua.  Nos allegamos por la ciudad para visitar el “Gran Casino”, irónico y superlativo adjetivo para una desvencijada nave, inmersa en una antológica orgía de luces de colores, que destellaban intermitentes, en mitad de la nada.  Apostamos con supina manirrotez al bingo, al black-jack, a la ruleta… Diríase que era como jugar al Monopoly, básicamente porque al cambio, de nuestra moneda al bolivar, que era como se llamaba la suya, todo parecía demencialmente barato, sobre todo para dos pobres diablos que allá se sentían de poderosos posibles y que  sin embargo, en España, se las veían y deseaban para poder llegar a fin de mes.

Viene también a mi memoria, aquella tarde en la que en una excursión guiada por la isla, visitamos una playa de increíble belleza, junto a otros turistas españoles también alojados en nuestro hotel, y uno de los del grupo, negoció con un lugareño, que vendía ostras de tumbona en tumbona, consiguiendo que éste le vendiera un cubo enorme, repleto del preciado molusco, por la irrisoria cantidad de seis mil bolívares (al cambio dos mil pesetas).  Aquel hombre de piel curtida por el sol y la brisa marina, permaneció a nuestro lado, abriendo de una en una cada ostra con su cuchillo artesano y ofreciéndoselas a los presentes tras aderezarlas con un chorro de limón. 

Otra anécdota, fue la que se dio aquella misma mañana. Nuestro autobús había hecho parada en la ciudad de Juan Griego, donde era costumbre que un niño de la zona, subiera al vehículo para contarles a los turistas la historia del pueblo, cantando una canción, para así sacarse una propinilla.  Dos niños y una niña, esperaban nuestra llegada.  Cuando el coche se detuvo, los dos varones se enzarzaron en una virulenta pelea donde mediaron puñetazos, mordiscos e incluso piedras, en batalla por ganarse el acceso.  El conductor se limitó a echarlos de allí a patadas y fue la niña, quien finalmente se benefició de la trifulca.   A lo lejos pudimos observar como los dos pequeños, que minutos antes se estaban moliendo a palos, permanecían en tensa espera, silenciosos con la mirada clavada en nosotros, en un gesto que denotaba reproche sustentado sobre una peana de incomprensión.  También se adivinaba en sus rostros,  la avidez del cazador que espera, tener a su presa a campo abierto.

Creo que fue a la mañana siguiente cuando regresamos a Porlamar. Por nuestra cuenta y ajenos del grupo, tomamos un taxi para acercarnos al mercado de la ciudad y hacer compras.  Cambié 500 dólares en la recepción del hotel, advirtiéndome el muchacho que la atendía que tuviera especial cuidado de deambular con tanto dinero por el popular zoco.  Con muy buenas palabras vino a transmitirme el mensaje de que mi actitud era poco menos que temeraria e irresponsable.  Recuerdo que también me dijo que aquella cantidad era más o menos su sueldo de cuatro meses.

He decir que nada malo nos paso, sino todo lo contrario.  No sé si fue cuestión de suerte o quizá que, lo que nos contaron respecto a la delincuencia, era superlativamente exagerado.  Lo cierto es que pasamos una espléndida mañana de domingo, inmersos en los entresijos populares, realizando nuestras compras en el mercado municipal de Conejeros, sin pasar apuro ni temor alguno.  Y es que Margarita significaba compras y el motivo era bien sencillo: Margarita era puerto libre, esto es, libre de impuestos.
Finiquitada la bacanal consumista y cargados como acémilas con decenas de bolsas en las que abundaba tabaco y ropa, decidimos almorzar en un sencillo restaurante al aire libre, situado en el mismo complejo comercial, y tras dar buena cuenta de una deliciosa empanada “de pabellón”, que en un solo bocado incluía carne mechada, caraotas negras, plátano frito y queso; procedimos a librar batalla contra la enorme parrillada de marisco que ante nuestros ojos se presentaba, en una bandeja plateada, que ocupaba la mesa de lado a lado, presidida por una espectacular langosta.

Fue entonces cuando vimos a María de la Montaña, menuda y descalza, que encaramada sobre el capó de un coche, se asomaba a los contenedores de basura con la esperanza de hallar algo distinto que llevarse a la boca, que aquella putrefacta concha de cangrejo, que con avidez chupeteaba.  Aquella niña no llegaba a los diez años de edad.

Ante la dantesca imagen, nuestros estómagos quedaron encogidos por el espanto y probablemente también por la propia vergüenza y un incipiente sentido de la culpabilidad.  Nos sentimos sucios, despreciables, ruines derrochadores que miraban para otro lado, ausentes de la realidad, pero a quienes aquella mañana, se les cayeron al suelo sus gafas con lentes de madera, y se toparon cara a cara con la cruel miseria.

La llamamos para que se acercara a nuestra mesa, mas desconfiada, se bajó al suelo y se escondió detrás del contenedor.  De cuando en cuando asomaba sus vivarachos ojillos que denotaban curiosidad a la par que temor, pero en cuanto detectaba que la mirábamos, retrocedía de nuevo a su frágil escondrijo.  Traté incluso de aproximarme a ella para invitarle a que se acercara, pero en cuanto me vio levantarme, salió corriendo como alma que lleva el diablo.  Cinco minutos después, volvíamos a descubrir sus enormes ojos, vigilantes, observándonos desde los cubos de desechos.

Lo comentamos con el camarero que nos atendía y éste, pronto nos puso en antecedentes.  La pequeña se llamaba María de la Montaña, tenía nueve años recién cumplidos y era la mayor de cuatro hermanos.  Vivían en un poblado de chabolas en el extrarradio de la ciudad junto a su madre.  El padre cumplía condena en una prisión de Caracas.  La madre, alcohólica, ponía cada mañana en la calle a los tres más mayores para que mendigaran y no había día que alguno de ellos no recibiera una dura paliza por no traer a casa lo suficiente conforme a las expectativas de su progenitora.

El empleado del restaurante, convenció a la pequeña para que se acercara a nosotros.  Le pareció bien que la invitáramos a comer pero hizo mucho hincapié en aconsejarnos que no le diéramos dinero alguno a la niña aunque nos lo pidiera ya que entendía que aquello solo beneficiaría a los vicios de la madre y para nada revertiría en algo positivo para los pequeños.

Le dijimos a la muchacha que comiera lo que quisiera de aquella parrillada o si lo deseaba, que se pidiera el plato que más le apeteciera de la carta.  Ambas cosas hizo, mas la cima de su entusiasmo llegó cuando le sirvieron un plato enorme de pollo con patatas fritas, su comida preferida según ella nos contó y ante la que se desquiciaba en su educado empeño de tomarla con cuchillo y tenedor.

-¡El pollo se come con las manos, María!- le dijo Pilar sonriendo.

Y entonces asintió con una enorme sonrisa y tomando un muslo con las manos, lo devoró con superlativa ansiedad y deleite.

Eran sus ojos como dos gemas pulidas que sacudían el normal contraste del día a día.  Era su sonrisa un alegato a la esperanza rendida a los pleitos de un mundo injusto que sin pedirle permiso, la había sometido a la más oscura mazmorra; la de la desesperanza que crecía oculta tras su infinita sonrisa.

-Esta mañana un viejo me ha dicho que me daba cincuenta bolívares -menos de veinticinco pesetas- si le tocaba el chaparro[1]- comentó la muchacha. –Le he dado una patada y he salido corriendo ¡casi me atrapa!-

-¡Qué hijo e’ puta!- dijo el camarero  - ¿sabes quién es? ¿Le conoces?-

-No, ese no es de Porlamar. Me parece que era turista- afirmó la niña.

-Ten cuidado cuando regreses a casa y si ves a ese hombre de nuevo, sal corriendo y ven aquí a decírmelo. 
¡Tu madre no debería dejaros solos en la calle!-  se lamentó el del restaurante.

Mientras engullía un generoso plato con distintas frutas troceadas, María de la Montaña nos habló de cómo era su vida en el poblado de Los Cocos.  Nos dijo que le gustaba mucho la escuela pero que no podía ir tan a menudo como ella deseaba pues su madre en muchas ocasiones se lo impedía.

-Don Matías, el cura, dice que dibujo muy bien.  Cuando sea mayor me iré a vivir a Caracas y allí pintaré y venderé mis cuadros- Nos aseveró convencida –Don Matías es muy bueno y nos ayuda mucho, pero mamita no le quiere, le va a castigar Jesus por cotufa[2]-

Sobre las seis de la tarde, tomamos un taxi para regresar a nuestro hotel.  Al día siguiente acabábamos nuestras vacaciones y debíamos tomar el avión hacia España.  Allí se quedó María de la Montaña, con un helado en la mano y cien bolívares en el bolsillo; quizá no se beneficiaría materialmente de ellos, pero a buen seguro que le ayudarían a que aquella jornada no sufriera paliza alguna.

Dios sabe que si hubiera sido legalmente posible, María de la Montaña habría embarcado al día siguiente con nosotros, rumbo a una vida mejor, pero lo triste es que allí se quedó, abandonada a la suerte de una vida que nadie le dio la oportunidad de elegir.

María de la Montaña, si ha sobrevivido al páramo de desdicha por el que deambulaba, tendrá hoy en día veinticinco años.  Quizá, como ella deseaba, viva en Caracas y sea una afamada pintora.  Quizá nunca tuviera la oportunidad de volar hacia sus sueños y siga formando parte de ese mundo de extrema pobreza, que todos sabemos existe, pero que nadie queremos ver.

Cuantas veces nos quejamos por medianías, mirando solo por nosotros mismos y obviando lo verdaderamente dramático y humanamente importante.

Aquel día marcó un antes y un después en nuestra vida y de manos de una niña, recibimos una lección magistral que caló en nuestra alma con poderosa fuerza.

En todo confín de la tierra, miles y miles de “Marías de la Montaña”, claman al cielo esperando que algún 
día, acabe la injusticia para poder ver sus sueños cumplidos.

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[1] Chaparro= pene
[2] Cotufa= tonta.

El Minutero.- Relato corto


Antonio Díaz, se ganaba la vida ejerciendo de minutero trotamundos, en unos años en los que había carestía de todo; y aunque ya no eran tan duras las cosas, como en aquellos días de las cartillas de racionamiento y el estraperlo, lo cierto es que para nada eran fáciles en un terruño devastado, que empezaba a ver la luz tras aflojarse la mano de un aislamiento internacional que había pasado factura de manera demoledora, en los tiempos de miseria que sobrevinieron tras la conflagración fratricida, que de sangre inocente colmó, campos y ciudades de toda España.

Padre de seis hijos y con cuarenta y nueve primaveras ya a sus espaldas, frecuentaba las ferias de los pueblos, acompañado de su primogénito, mozo de diecisiete años, que le ayudaba en la pesada tarea de cargar con todo el material necesario para su trabajo; trípode, cajón de madera, cubetas, objetivo, etc., a la par que aprendía de su ascendente el oficio.

La cámara era un mundo, y él, un soñador profesional que en cada instantánea comprimía los sentimientos del mismo en una pose o un gesto, en una sonrisa, en el brillo particular de una mirada, en la magia especial que irradiaban reveladoras pupilas… Unos minutos de espera y el alma quedaba atrapada por siempre en aquel papel tratado con mimo que el cliente recibía y guardaba como oro en paño como tratando de salvaguardar su esencia. De ahí que les llamaran “minuteros”, en referencia a la espera del milagro técnico; aunque quizá más acertado, hubiera sido el nombrarlos como “Guardianes de Ánimas Vivas”.

Arribó a la Calzada de Oropesa, pueblo de la provincia de Toledo, la segunda semana del mes de mayo del año 1959. Se celebraba por aquel entonces la feria de aquel lugar, un importante evento en aquel enclave a camino entre Navalmoral de la Mata y Talavera de la Reina y al que acudían numerosas personas de las localidades de la comarca, atraídas por el buen ambiente y esas buenas ocasiones que hallar, entre ese ganado que se ofertaba y comerciaba, justificación a la celebración anual del acontecimiento.

Ya instalados en la posada del lugar, acudió el fotógrafo a Don Andrés, el patrón de la misma, para que le informase del lugar donde se hallaba el médico del pueblo, pues era mucha la fatiga y malestar que arrastraba desde hacía ya unos días y quizá unas décimas de fiebre que, en sus palabras, “le tenían hecho unos zorros”. Así que, bien orientado por el dueño de la fonda, acudió presto al galeno, con la esperanza de que le recetase remedio que calmase su incomodidad y así afrontar, con adecuado alivio a sus dolencias, las apretadas jornadas de trabajo que le tocaba acometer.

El veredicto clínico de Don Luís, doctor entonces de La Calzada y sus pedanías, fue incontestable:

-Tiene usted una gripe de caballo. Más le valdría parar dos o tres días guardando cama que su cuerpo lo agradecerá-. Sentenció.

-¡Ya quisiera yo señor, pero mi muchacho apenas se maneja en el oficio y son muchas las bocas que he de mantener!-

-No le digo yo que no, pero no está usted ahora mismo en condiciones ni de cargar una alforja. No pretendo asustarle, que para nada es lo suyo como esa terrible pandemia que se llevó tantas vidas hace más bien poco, pero quizá debería considerar, que a veces es necesario dar un descanso al fuelle, antes de que éste se rompa-

-¡Rediez doctor, que cuando el fuego anda necio, tira de soplón uno para aventar las pavas… que si se gripa y no hay más remedio, si es necesario se acude a lo más cercano y socorrido, para que siga templando la llama!-

-¡Mantenga, mantenga vivo el candil, que como prenda, luego no habrá remedio!- dijo el médico contrariado.

-No se me enfade doctor, que no es mi intención enojarle, ¿pero no puede recetarme algún remedio que un poco me alivie?, que “aluego”, le doy mi palabra, que pasada la feria me quedo quieto como esos que para mis estampas posan… ¡palabrita!-

-¡Que sé por su acento que no es del “bolo”, pero cabezota como si lo fuere!- replicó el galeno -mire, haga lo que usted crea oportuno. Yo le voy a recetar unos sellos que han de prepararle en la botica y que a buen seguro le aliviarán, pero haga usted el favor de hacerme caso y en cuanto tenga oportunidad guarde cama, que tentamos a la suerte y luego no hay vuelta atrás.-

-Descuide señor que así lo haré- confirmó el fotógrafo.

Tras abonar al médico sus favores, tomó calle abajo dirigiéndose hacia la farmacia, que justamente se encontraba al lado de la posada en la que se alojaba y donde don José Mendoza, boticario regente y vecino del pueblo, gentilmente le preparó la magistral fórmula por el galeno dictada.

Con el remedio en la mano y en principio su agenda laboral nuevamente reestructurada, poco tardó en tomar buena cuenta de la medicina, y toda vez que hasta por la tarde no se esperaba que empezara a llegar la gente, y que su muchacho, roto por el cansancio, dormitaba en el jergón compartido, ajeno a los males del patriarca, optó por hacer tiempo acercándose a una taberna de la plaza que bien conocía de batallas anteriores.

Y es que no hacía mucho que había estado por allí. Ocho meses antes, en las fiestas del Santísimo Cristo, había conocido a Aurora, una moza, hija de un rico terrateniente de la comarca de la que, si bien, aconsejado por el propio sentido común, no había osado decirle palabra más descolocada que otra, lo cierto es que le había prendado, presintiendo su espíritu que, los mismos sentimientos rondaban por el alma de ella. -Soy hombre casado-, le dijo entonces al límite del adulterio, en el pilón de Carrasca; y la hija de Don Ricardo, airada y sintiéndose despreciada, acabó aquellas fiestas en brazos del boticario, buen partido por su dote, pero feo en cuerpo y espíritu hasta el estremecimiento.

Y allí estaba él, en el Bar del Luengo, el lugar donde la conoció, echándose un chato de pitarra que acompañaba con unos torreznos mientras contemplaba por el ventanal aquella plaza que en breves horas, estaría atestada de puestos de venta, en tanto él, con su trípode al hombro, su cajón y sus cubetas, trataría de plasmar cada sentimiento con el amor que el arte atrae y el afán de la necesidad que el poderoso hambre reclamaba.

Se sintió incapaz de apurar aquel vaso de vino; la vista se le nublaba y sudores fríos recorrían su cuerpo sumiéndole en imprecisos e incontenibles estertores incapaces de ser controlados por el central sentido. Tambaleándose y como buenamente pudo, pagó la consumición y tomó la puerta de salida con el ánimo de afrontar el pequeño repecho que de la plaza conducía a la fonda…

Aquella leve costanera se destapó como el gran cajón oscuro de su vida, y allí, en una estampa que tan solo recogió el adoquinado del suelo, quedó inerte el minutero, apurando esas convulsiones que cadentes y en pocos segundos, más espaciadas en ritmo, hallaron el frío silencio de un deambular terrenal que irremisible concluía.

Nada pudo hacer por él Don Luís, que allá se personó de inmediato avisado por algún paisano, pudiendo tan solo el médico, certificar la defunción del malogrado fotógrafo y consignando en el impreso como causa del deceso, un posible envenenamiento.

Al minutero se lo llevaron en un coche fúnebre a la cercana localidad de Puente del Arzobispo, cabeza judicial de la comarca y lugar donde se le habría de practicar la autopsia. En tanto, en cada esquina del pueblo, corrió como la pólvora la sentencia, de que había sido el boticario, quien llevado por los celos, al conocer las andanzas de su prometida meses antes, consumó venganza.

Enterado el licenciado del enredo y barbaridades que sobre su persona pesaban, acudió a la fonda con idénticos sellos magistrales, que los que le había suministrado al fotógrafo y allí, en presencia de numerosos paisanos, ingirió el contenido de tres de los siete que le quedaban, defendiendo que sus preparados, no contenían sustancia nociva alguna.

Apenas tragados, notó síntomas de malestar y se encaminó apresuradamente al local de la botica para tratar de remediar aquello tomando varios vomitivos. A la hora y media, José Mendoza, farmacéutico de La Calzada de Oropesa, víctima de sus errores y buena fe, dejaba de existir. La equivocación de sustituir estricnina por quinina había resultado letal y terrible.

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NOTA DEL AUTOR: Este relato está basado en un hecho real, acontecido en las fechas y lugares que se citan en el texto. A través del diario digital ABC (www.abc.es) , en su hemeroteca, pueden encontrar referencia al hecho, en la edición de la mañana de este periódico, del día 12 de mayo de 1959. No obstante y en lo que se refiere a esa hipotética relación que cito respecto del minutero con una muchacha del pueblo y al noviazgo posterior de esta última con el boticario, he de dejar claro que son consecuencia de mi imaginación, a fin de dar algo más de contenido al relato. Igualmente, toda descripción de algún personaje, así como la escena previa a la muerte del fotógrafo en el Bar Luengo, también se trata de una invención.

Estación de transbordo.- Relato corto.

La vio sentada en el Metro y sintió que de ella emanaba algo, que le atrapaba irremisiblemente. No se trataba de una mujer especialmente guapa, más bien pareciera que su rostro cargaba con la desazón de la eternidad, delatando sus ojos, en lo más profundo del brillo del iris, vastos piélagos de negrura y ahogo que sin embargo le sometían. 

Ensimismado en la lectura de una novela, tratando de relajar espíritu tras una jornada de trabajo agotadora, había alzado la vista por encima del libro, azuzado en sus entrañas por un sistema nervioso que disciplinado, respondía a una irreal pero obstinada llamada de atención; y se había encontrado con su mirada poderosa y vacía, clavada en sus pupilas a modo de dagas, que penetraban hasta su alma sumiéndole en un estado de hipnótica incertidumbre. Azorado, retornó la mirada al texto sintiéndose incapaz de enhebrar en su mente, expresión coherente alguna de las que la narración le ofrecía, presa de un atolladero de emociones aceleradas que, de la nada surgidas, le impedían pasar de página. Una mirada perdida sobre el papel estático y el miedo atroz que le reprimía, sintiéndose incapaz de alzar de nuevo la vista hacia ella. 

Cuando el tren paró en la estación de Sol, apreció el alivio del que huye de la inminencia, y levantándose de un salto, corrió hacia la puerta del vagón. Observó de soslayo en su carrera que ella ya no se encontraba allí, sin embargo notaba aun su presencia, como si nunca se hubiera apeado de aquel gigantesco gusano de hierro. Ya en el vestíbulo de la estación, relajó la cadencia de paso, avergonzado de sí mismo por su actuación estúpida. Se sentía tonto de remate, preguntándose cómo era posible que hubiera reaccionado con aquel impulso desmedido e injustificado huyendo de lo etéreo, tan solo por la mirada penetrante e inquisitiva de una mujer que a buen seguro, pensó, regalaba la misma cara de palo a todo hombre que osaba observarla. -¡Esa era una amargada y yo soy tonto del culo!- afirmó para sí.

Tomó camino de las escaleras que conducían a los andenes de la línea 5 para hacer trasbordo. Los paneles informativos anunciaban de la inminente llegada del convoy y caminó hacia la parte izquierda para llevar a cabo el ritual diario de tomar aquel vagón de cola, que cuando llegaba a su destino le situaba en la puerta de salida que más le interesaba. De repente se escucharon voces y de uno de los pasillos que accedían al andén, apareció de improviso un hombre al que perseguían e increpaban dos guardias de seguridad y que en su frenética carrera, se lo llevó a él por delante haciéndole caer a las vías, justo en el momento en el que el tren hacía su entrada en la estación. Entonces la vio de nuevo, acercando su rostro a él, cuyo desmembrado cuerpo, yacía inmóvil en el suelo. Le besó en la mejilla y pudo sentir lo extremo de la gelidez que manaba de unos labios inexistentes. Se tomaron de la mano con exquisita ternura y ambos caminaron hacia la oscuridad del túnel, recreación exacta de las cuencas de sus ojos.

-Hola, soy La Muerte- le dijo.